“No hay nada que sea más rejuvenecedor que un
nuevo propósito”
Sixto
Desde que el humano a tenido conciencia de su
envejecimiento, ha buscado la forma de detenerlo. Haciendo una grosa y arbitraria clasificación
de personas de acuerdo a su percepción de su propio envejecimiento, me atrevo a
clasificar 3 grupos: Los que la aceptan
con resignación, los que se obsecionan por evadirla y los que simplemente no la
toman en cuenta como limitante de su vida.
En esta ocasión quisiera resaltar al 3er. grupo, porque
para lograr este hecho, puede ser que en algunos casos sea sólo una
indiferencia por inercia, creo sin embargo, que en la mayoría de los casos, se
trata de personas que encontraron en su interior, la mítica fuente de la eterna
juventud, que no es otra cosa que una constante renovación de propósitos y
objetivos en sus vidas. Alguien se
frustra si después de los 40 quiere seguir siendo velocista, o si aún en los 60
pretende mantener una musculatura firme con una piel tersa. Lo cierto es que con el tiempo, nuestras habilidades cambian, por ende, nuestras actividades que confluyen hacia los
propósitos, aspiraciones, sueños, anhelos y objetivos de cada día, deben
cambiar. Si las ramas del árbol que se
va haciendo más alto, no son tan flexibles como para inclinarse según el cambio
del viento, inevitablemente se romperán.
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