Hoy, mientras me desayunaba unas papitas con huevo, miré a los dos
alimentos y vienen a mí, varios pensamientos, por un lado, la
poca relación que encontramos ahora entre nuestra existencia y la naturaleza,
tanto adecuamos a nuestros hábitats que hasta llegamos a pensar que nuestros
alimentos los germinan en las fábricas o brotan de las latas o nacen de las
máquinas que las moldean, no sólo eso, para muchas personas "la naturaleza" son sitios
decorativos del mundo, que sirven para el solaz y esparcimiento de las personas
que buscan su espiritualidad o ejercitar el cuerpo, otros menos drásticos
asumen que la naturaleza, los bosques y eso que en conjunto llaman campo; son
los sitios donde viven otros, a quienes por condescendencia y altruismo
conservamos, pero que si se requiere para el desarrollo bien se podrían sacrificar. Sin embargo nada de lo que
hoy concebimos como vida, incluyendo la nuestra, sólo se puede dar sustentado
por éstas interacciones, sí, las de la naturaleza, que la vemos como una masa
amorfa de cosas que le gustan a los naturalistas, es sin embargo una fábrica
que procesa y permite el procesamiento y distribución de los elementos vitales,
el aire, el agua, el clima adecuado, la tierra, los minerales, las flores y
frutos y todos nuestros alimentos, por ejemplo, podrás tener la mejor semilla
transgénica y la maquinaria sofisticada para la siempre intensiva sobre
planificada y sostenida artificialmente, pero si no llueve o si sube la
temperatura dos grados o baja mucho, nada de esto serviría.
De hecho, volviendo a mi desayuno, la domesticación animal y vegetal fue muy
importante, pero son estas especies y su capacidad de adaptación lo que
permitió que se convirtieran en la base del desarrollo social humano, sin esa
posibilidad de seguridad alimentaria y disminución de las horas de atención a
la búsqueda de alimentos nada de lo que exploramos, descubrimos o construimos
ahora hubiera ocurrido, porque no tendríamos ni tiempo ni forma de compensarlo
en nuestras vidas. Es así que sin los
bosques del Sudeste Asiático que permitieron la aparición y mantenimiento del Gallus vankiva con su versatilidad
genética, hoy no tendríamos huevos en el desayuno.
Ahora al mirar a la papa, nos es imposible remontar el tiempo y retroceder
un poco más de 8000 años y ver la alegría de los primeros y experimentales
agricultores en los alrededores del Lago Titicaca, cuando vieron que estas
plantas de papa, vivieron, que no se murieron como las últimas que trajeron del
campo y empezaron a soñar a tener su alimento en la puerta de su casa. O retornar al siglo XIV a ser testigos de uno
de los más grandes hallazgos de los Europeos producido por el Navegante
Cristóforo Colombo, que no es, un nuevo continente, porque no tuvo mucha
conciencia de ello, ni las leyendas de oro y otros minerales, aunque seguro les
interesó en demasía, sino de un tubérculo de apariencia irregular y color poco
llamativo, tan simple al ver, que muchos temieron al principio de que se tratase
de un raíz venenosa, o que el mayor visionario de esa época no hubiera sido un
inventor si no el francés Antoine Parmentier que demostró las virtudes de la
papa y convenció a sus compatriotas a su cultivo, de hecho el clásico pastel de
papa en Francia lleva su nombre, debido a que este tubérculo de simple forma y
adaptable a los suelos Europeos, salvó de la hambruna en una época saturada de
conflictos sociales, que curiosamente también disminuyeron con la aparición de
la papa en las mesas.
Por lo que, mirado de forma pragmática, la papa, salida de la naturaleza
como todos los demás alimentos del mundo, permitió el desarrollo de lo que hoy
nos permite, erróneamente, creer que nuestras vidas son lo que nosotros creemos y creamos sin depender del medio ambiente. Siendo
que al final de cuentas somos, unos hijos de la papa.
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