Nadie pudo haber
imaginado cuanto cambiarían sus vidas luego del gran incendio, no pudo haberse presagiado
que nada sería igual después de él. Al
principio se pensaba que sería un evento más, que una vez llegadas las lluvias
se convertiría en un tema sin importancia, que los avatares políticos, tal vez
algún escándalo amoroso o feminicidio cubrirían el interés de las poblaciones
mundiales siempre enfrascadas en las dinámicas de sus ciudades, buscando el
sustento o el ascender de empleo o temiéndole al crecimiento de la delincuencia
a la inseguridad laboral. La bolsa de valores de Wall Street no pudo vaticinar
que su cierre estaba tan cercano, que todo cuanto creíamos importante y
valorable perdería o cambiaría de valor ante la innegociable realidad de la
subsistencia, donde grandes y fuertes, oligopolios y empresas se reducirían a
personas con un futuro apenas visualizable ante el gran desastre.
Tres años fueron
suficientes para que lo inagotable muestre su escases, para que expertos,
gobiernos y empresas admitan que todos los oscuros presagios sobre el futuro de
la humanidad eran reales y no sólo la fiebre de alarmistas. Tenía que caerse el
techo para ver la gotera.
Fue viernes
cuando la ONU lanza un discurso tranquilizador, o que intentó serlo, como
siempre la ONU tratando el status quo, la pasividad, el mantener los grandes
negocios cuidados y a los otros tranquilos. Pero aquella mañana no era otra
más, no era una mañana que admitiría el discurso insulso y vacío, si acaso no
lo son todos. Tembló la tierra, los
vientos eran desconocidos y furiosos.
Nadie sabía dónde
ir, el llanto no alcanzaba, habíamos superado la barrera del dolor, donde se
buscaba un refugio para la vida propia, y el refugio más difícil de encontrar
era el de la tranquilidad interior, pasamos de especie dominante a especie
perseguida, por la misma naturaleza que cobraba otra forma, con todos sus
brazos, con todas sus caras.
Daniela se
encontraba mirando por la ventanilla de la casa de nuestro abuelo mientras yo
la miro y escribo éstas líneas, vemos como llega ésta columna de fuego y agua,
sabiendo que no hay nada que podamos decir, hacer o proponer que cambie nada, o
mejor dicho que evite, que todo cambie.
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